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LAS MALDADES DEL CAPITALISMO

El capitalismo ha sido descrito por los marxistas como un proceso de destrucción creativa, y nadie puede negar que haya sido prodigiosamente productivo.
Prácticamente todos los que viven en países desarrollados hoy en día reciben ingresos reales más altos de los que habrían recibido si el capitalismo no hubiera existido.
El problema es que entre las cosas que se han destruido en el proceso está la forma de vida de la que, en el pasado, había dependido el capitalismo.
De hecho, en el Reino Unido, Estados Unidos y muchos otros países desarrollados, durante los últimos 20 a 30 años ha ocurrido lo opuesto.
Si la gente posee alguna riqueza, son sus casas, pero los precios de la propiedad inmobiliaria no siempre aumentan. Cuando el crédito es restringido, como ahora, pueden quedarse estancados por años.
Una menguante minoría puede seguir contando con una pensión con la cual vivir cómodamente y pocos cuentan con ahorros significativos.
Más y más gente vive al día, con muy poca idea sobre qué traerá el futuro. La clase media solía pensar que sus vidas se desenvolverían en una progresión ordenada, pero esto ya no es posible.
Los salarios son más altos y, en algunos lugares, en cierto grado hay un colchón contra los vaivenes  gracias a lo que queda del Estado de bienestar. Pero tenemos poco control efectivo sobre el curso de nuestras vidas y las medidas tomadas para solucionar la crisis financiera han aumentado la incertidumbre en la que tenemos que vivir.
La situación para muchos jóvenes es alarmante. Para poder adquirir los conocimientos indispensables para conseguir empleo, hay que endeudarse y como en cierto momento hay que volverse a entrenar, hay que ahorrar, pero si uno empieza endeudado, eso es lo último que podrá hacer.
Cualquiera que sea la edad, la perspectiva de la mayoría de la gente, hoy en día, es una vida entera de inseguridad.
En los '80s se habló mucho de los valores victorianos, y los promotores del mercado libre solían asegurar que éste reviviría las virtudes del pasado, pero el hecho es que el mercado libre socava las virtudes que mantienen el estilo de vida burgués.
En una sociedad que está siendo transformada continuamente por las fuerzas del mercado, los valores tradicionales son disfuncionales y quien quiera vivir de acuerdo a ellos está en riesgo de terminar en la caneca de la basura.
Vivimos en el mundo que Marx anticipó, en el cual la vida de todos es experimental y provisional, y la ruina súbita puede llegar en cualquier momento.
Un pequeño puñado de gente ha acumulado vastas riquezas pero incluso eso tiene una cualidad de desvanecerse, casi fantasmal.
En los tiempos victorianos, los verdaderamente ricos podían darse el lujo de relajarse, si eran conservadores, a la hora de invertir su dinero. Hoy en día, no existe un remanso de seguridad, pues los giros del mercado son tales que nadie puede saber qué mantendrá su valor, ni siquiera dentro de unos pocos años.
Monedas y gobiernos probablemente caerán, junto con partes del sistema financiero que creíamos seguro.
No se ha sabido o querido resolver riesgos que amenazaban con congelar a la economía mundial hace apenas tres años, lo único que se ha hecho es obligar a los Estados a asumirlos.
No importa qué digan los políticos sobre la necesidad de frenar el déficit, deudas de la magnitud de las que se han incurrido no pueden ser pagadas. Es casi seguro que lo que harán es manejarlas recurriendo a la inflación, un proceso que está abocado a ser muy doloroso y empobrecedor para muchos.
El resultado sólo puede ser más agitación política, a una escala aún mayor, pero no será el final del mundo, ni siquiera del capitalismo. Pase lo que pase, vamos a seguir teniendo que aprender a vivir con la energía errática que el mercado emanó.

Fdo,: Emilio Clemente.- Expresidente de la Diputación de Guadalajara